Llevando en una mano el Corán y
en la otra la espada, los hijos de Ismael habían ya recorrido una gran parte
del mundo. Merced a la sangrienta persecución de estos guerreros apóstoles de
falso profeta, el Oriente comenzaba a constituirse en un gran pueblo, y el Asia
y el África se unían por medio del lazo de las creencias, santificado con el
sello de las victorias, cuando la traición abrió nuestra Península a las huestes
de Tarif y la monarquía gótica cayó derrocada en las orillas del Guadalete con
su último rey.
Acostumbrados a vencer, los árabes no tardaron mucho en posesionarse de casi
todo el reino. Como es indudable que a sus conquistas presidía un gran pensamiento,
el exterminio no siguió de cerca a sus victorias; las ventajosas condiciones
con que aceptaron la rendición de un gran número de ciudades, los privilegios
en el goce de los cuales dejaron a los cristianos, prueban claramente que antes
trataban de consolidar que de destruir, y que al emprender sus aventuradas expediciones,
no les impulsaba sólo una sed de combates sin fruto y de triunfos efímeros.
La historia de los grandes conquistadores de todas las épocas ofrece muy raros
ejemplos de estas elevadas máximas de sabiduría, puestas en acción por los árabes
en la larga carrera de sus victorias.
Dueños, pues, de casi toda la Península ibérica y calmada la sed de luchas y
de dominio que agitó el espíritu guerrero de aquellas razas ardientes, salidas
de entre las abrasadoras arenas del Desierto, las diversas ideas de civilización
y de adelanto, rico botín de la inteligencia que habían recogido en su marcha
triunfal a través de las antiguas naciones, comenzaron a fundirse en su imaginación
en un solo pensamiento regenerador.
Hasta entonces el árabe, fiel a las tradiciones de vida nómada, no había encontrado
un momento de reposo. Primeramente pone su movible tienda, ya al pie de una
palmera del Desierto, ya en la falda de una colina; después se hace conquistador,
y derramándose por el mundo, hoy sestea en el Cairo, a la tarde duerme en el
África, y al amanecer levanta su campamento y le sorprende el sol con el nuevo
día en Europa.
Pero el momento de recoger el fruto
de sus conquistas, la hora de recibir el precio de su sangre, tan prodigiosamente
derramada, había llegado. Sus leyes, y con ellas sus costumbres, comenzaron
a dulcificarse y a tomar una índole propia; el círculo de sus aspiraciones y
sus necesidades se hizo mayor, y la sociedad que comenzaba a constituir puso
el pie en la senda del progreso a la que llamaban su grandeza y su poder.
Como es de presumir, el arte no existía aún entre los sectarios de Mahoma; pero
el desarrollo de la nueva religión lo comenzaba a hacer una necesidad. Y decimos
una necesidad, porque es digna de ser observada la influencia que las creencias
religiosas ejercen sobre la imaginación de los pueblos que crean un nuevo estilo.
Recórrase, siquiera ligeramente, la historia moral, por decirlo así, de todos
los países, y no se podrá por menos de conceder a esta influencia la gloria
de haber dado, a cada una de las naciones que civilizó, unas costumbres en perfecta
afinidad con sus necesidades, y una arquitectura original en maravillosa armonía
con su culto.
Los adoradores de Isis, los sacerdotes de sus terribles misterios, después de
poblar sus altares de locas e incomprensibles concepciones, crearon el arte
egipcio con sus esfinges monstruosas, sus gigantescas pirámides y oscuros jeroglíficos.
El pensamiento de un mundo viril y grande se halla grabado con sus caracteres
indelebles en los colosos del Desierto.
La India, con su atmósfera de fuego, su vegetación poderosa y sus imaginaciones
ardientes, alimentadas por una religión todo maravillas y mitos emblemáticos,
ahuecó los montes para tallar en su seno las subterráneas pagodas de sus dioses.
La extraña y salvaje poesía de los Vedas parece que toma formas y vive cuando
a la moribunda luz que se abre paso a través de las grutas sagradas se ven desfilar,
confundiéndose entre las sombras de sus muros, las silenciosas procesiones de
monstruosos elefantes, guiados por esos deformes genios que despliegan sus triples
miembros en semicírculo, como las plumas de un quitasol.
La Grecia coronó de flores sus divinidades, les prestó el ideal de la belleza
humana y las colocó sobre altares risueños, levantados a la sombra de edificios
que respiraban sencillez y majestad. Basta examinar sus templos, ricos de armonía
y de luz; basta hacerse cargo de la matemática euritmia de sus construcciones,
para comprender a aquella sociedad que sujetó la idea a la forma, que tiranizó
la libre imaginación por medio de los preceptos del arte.
La arquitectura árabe parece la hija del sueño de un creyente dormido después
de una batalla a la sombra de una palmera. Sólo la religión que con tan brillantes
colores pinta las huríes del paraíso y sus embriagadoras delicias pudo reunir
las confusas ideas de mil diferentes estilos y entretejerlos en la forma de
un encaje. Sus gentiles creaciones no son más que una hermosa página del libro
de su legislador poeta, escrita con alabastro y estuco en las paredes de una
mezquita o en las tarbeas de una aljama.
La Religión del Crucificado tradujo el Apocalipsis y las fantásticas visiones
de los eremitas. La luz y las sombras, la sencilla parábola y el oscuro misterio
se dan la mano en ese poema místico del sacerdote, interpretado por el arte,
al que la Edad Media prestó sus severas y melancólicas tintas.
Ni Roma ni Bizancio tuvieron una arquitectura absolutamente original y completa;
sus obras fueron modificaciones, no creaciones, porque, como dejamos dicho,
sólo una nueva religión puede crear una nueva sociedad, y sólo en ésta hay poder
de imaginación suficiente a concebir un nuevo arte. Roma no fue más que el espíritu
de Grecia encarnado en un gran pueblo, y Bizancio el cadáver galvanizado del
Imperio, eslabón que en la cadena de los siglos unió por algunos instantes el
mundo que desaparecía con el que se levantaba.
He aquí por qué dijimos que, derrocada en nuestra Península la raza del Norte
por la del Oriente, el desarrollo de la religión había hecho del desarrollo
del arte una necesidad. El secreto impulso que lo empujaba a su destino existía,
pues, en la conciencia del genio ismaelita; pero aún se encontraba muy distante
del término de su carrera, por lo que en los primeros pasos se limitó a satisfacer
sus necesidades por medio de la imitación.
En este punto, como fácilmente se comprende, comenzó la primera época de las
tres principales en que puede dividirse la historia de la arquitectura muslímica
toledana, época que a su vez puede dividirse en dos períodos, uno de imitación,
y otro de lucha entre la idea original y la influencia extraña de los diferentes
géneros arquitectónicos que se amalgamaron entre sí para crear el nuevo estilo,
y que duró en Toledo casi tanto tiempo cuanto permaneció aquella ciudad en poder
de los infieles.
Pocas son las muestras que nos quedan hoy de ambos períodos, pues habiendo desaparecido
la grande aljama o alcázar de los reyes moros, como asimismo la mezquita
mayor, sobre los cimientos de la cual Fernando el Santo levantó la iglesia primada,
sus obras de mayor importancia, y, por lo tanto, las más dignas de estudio,
se hallan fuera del alcance de nuestra crítica. Sin embargo, basta examinar
la antigua mezquita que es hoy capilla del Cristo de la Luz, la iglesia
de Santa María la Blanca, la de San Román, y algunos otros restos
de la arquitectura de los árabes toledanos, para poder señalar, hasta cierto
punto con exactitud, los caracteres que la distinguen.
Obsérvanse en ella restos de las construcciones góticas como capiteles y fustes
de columnas empleados en las fábricas, que, para atender a sus primeras necesidades
erigieron los sectarios de Mahoma después de conquistada la ciudad.(2)
La forma de los templos guarda, por lo regular, bastante analogía con la de
las basílicas cristianas, hallándose compartidas en naves como éstas, y comenzando
en la cabecera algunas veces con ábside. Los arcos que soportan las techumbres
de las naves son redondos o de herradura, observándose asimismo, hasta en las
construcciones más primitivas, el empleo de los arcos dúplices en la ornamentación
de los muros.
Los
fustes de las columnas que sostienen las arquerías de estos edificios, son unas
veces de mármol y otras de ladrillo y argamasa; pero siempre gruesos y pesados.
La forma octógona, que en algunos de ellos se observa, es uno de los caracteres
distintivos de este período. Los arabescos o adornos del gusto árabe con que
embellecían sus obras son escasos, toscos y casi siempre imitación o copia adulterada
de los adornos propios de las órdenes de arquitectura que habían visto al pasar,
triunfadores de los pueblos que amarraron a su yugo. En los capiteles imitan
las formas griegas, aunque modificándolas más o menos, según el capricho de
sus autores; en la ornamentación, el bizantino es uno de los géneros que presta
con más abundancia sus caprichosos adornos al arte de los muslimes.
El segundo período de esta grande época de nacimiento y desarrollo de las ideas
originales y propias del pueblo ismaelita, se desenvolvió en Toledo cuando a
principios del siglo XI Abu Mohammad Ismael ben Dz'en-non fundó la dinastía
de los Beni Dz'en-non, erigiendo a esta ciudad en capital del reino nuevamente
constituido. A este tiempo perteneció, sin duda, la ornamentación de la mezquita
mayor y la grande aljama, edificios de los que, como de otros muchos de la misma
edad sólo nos quedan vagas y confusas tradiciones, unidas a alguno que otro
fragmento.
Obsérvase, sin embargo, que, en esta segunda mitad de la creación de su arte,
los alarifes mahometanos, en la lucha empeñada entre su inspiración y la influencia
de otros estilos, llevan una considerable ventaja.
Las alharacas o adornos de follaje con que cubren los capiteles de sus
columnas, la archivolta de sus arcos o los entrepaños de sus muros, las adarajas
o lacerías de sus orlas, y el menudo almocárabe que sirve de fondo a
su ornamentación, comienzan ya a determinarse y a tomar un carácter propio.
Nótase este adelanto muy particularmente en los edificios árabes de este tiempo
que aún existen en varios puntos de España. En Toledo, como ya dejamos dicho,
son pocos los ejemplares que de estos dos períodos, y especialmente del último,
se conservan.
La segunda época, la época de virilidad y esplendor de este género maravilloso
y delicado, comenzó a florecer en la ciudad imperial después que Don Alfonso
la reconquistó del poder de los musulmanes. Los alarifes andaluces que habían
estudiado en la Alhambra y en el alcázar de Sevilla, magníficos edificios en
que el genio oriental desplegó todo el lujo de su imaginación inagotable, se
desparramaron en este tiempo por la Península, y llevaron las nuevas ideas al
seno de las ciudades reconquistadas, en las que, así los árabes que aún permanecían
en ellas, como los cristianos y los judíos que en gran número se encontraban
en las grandes poblaciones, usaron casi exclusivamente por espacio de dos o
tres siglos de esta arquitectura, ya para sus palacios, ya para sus templos
y fábricas de utilidad común.
Imposible sería describir con palabras la brillante metamorfosis que en esta
edad experimentó el arte que hemos visto en los siglos anteriores seguir tímidamente
el sendero de la imitación, ensayando con pobreza y miedo alguna que otra idea
original. Sus formas groseras y pesadas han adquirido una esbeltez y una gallardía
admirables; sus arcos, compuestos de mil y mil líneas atrevidas y nuevas, se
sostienen sobre columnas tan frágiles, que no se concibe que pudieran soportar
los muros, si éstos a su vez no fuesen calados y ligeros como el rostrillo de
encaje de una castellana; las geométricas combinaciones de sus lacerías se complican
y enredan entre sí de un modo inconcebible, y cada capitel, cada faja, cada
detalle, en fin, de estas magníficas creaciones, son a su vez una obra artística
maravillosa en las que otros detalles secundarios aparecen a los ojos del observador
y lo asombran por su delicadeza, su novedad y su número.
La iglesia del Tránsito, antigua sinagoga, la ornamentación de Santa María la
Blanca, los restos del alcázar del rey Don Pedro, la casa de Mesa y otros muchos
edificios, ya religiosos, ya profanos, representan dignamente en la capital
de Castilla la Nueva este período de esplendor y grandeza de la arquitectura
arábiga, cuyos rasgos más característicos son los que a continuación expresamos.
El empleo de ojivas túmido conopiales, ya simples, ya incluidas en arcos de
herradura o estalactíticos; el uso, cada vez más frecuente, de dobles ajimeces,
sostenidos por parteluces esbeltísimos y cuajados de ornamentación y figuras
geométricas; arcos de diversas formas, en los que se combinan de mil maneras
extrañas porciones de círculo, que dibujan las archivoltas y perfilan los vanos;
arcos trazados por líneas rectas combinadas con porciones de círculo; pechinas
de dobles y triples hileras de bovedillas apiñadas, las que también se usaron
en algunos edificios del género ojival, construidos en épocas posteriores, como
en San Juan de los Reyes; sustitución en las leyendas que adornan los muros
de los caracteres cúficos, usados en la primera época, por los neskhi, de forma
más ligera y gallarda; adornos en la ornamentación completamente originales
y propios del arte arábigo, los que, aun cuando guardan alguna remota idea de
los bizantinos, ya se han hecho más ricos y elegantes; artesonados cuajados
de lujosos detalles; lacerías combinadas de cierto modo, que les da alguna semejanza
con las tracerías del estilo ojival; uso casi general de aliceres o anchas fajas
de azulejos brillantes de infinitos colores y formas, adornando las zonas inferiores
de las tarbeas o salones; sustitución en algunas cenefas de las hojas agudas
y entrelargas, propias de la ornamentación de otros estilos, con la parra, roble
y otras de parecido dibujo, las que, revelándose sobre fondos de ataurique y
combinándose entre sí, forman a veces dobles postas. He aquí los principales
caracteres que, unidos a la delicadeza y perfección con que están ejecutados
todos los detalles, dan a conocer este período a primera vista.
La tercera época, la época de la decadencia, no tiene, por decirlo así, una
fisonomía propia.
Se hace notar por la falta de lujo y de riqueza en sus obras,
por el abandono de aquella prodigalidad de ornamentación que caracterizó a esta
arquitectura en su período de gloria, y por la adulteración de algunas de las
partes de que se compone.
El estilo ojival, que cada día adelantaba un paso más en la senda de la perfección, comenzó a oscurecer y a poner en olvido el arte arábigo, el cual, no obstante, prolongó su existencia; aunque trabajosamente, hasta mediados del siglo XVI, en el que el Renacimiento destronó a un tiempo a los dos géneros, representantes genuinos, el uno de la religión cristiana y el otro de la islamita